RELATO CORTO

RELATO CORTO

De nuevo estoy aquí, con un grupo de cooperantes, mostrándoles y relatando otra vez toda la historia.

Entramos en fila, por el pequeño sendero, lleno de zarzas y maleza que cada año se apropian más y más del edificio y, me doy cuenta como la tristeza infinita impregna el entorno. Extraña quietud, la de la naturaleza, que a pesar de su renacer continuo y de sus espléndidos verdes, aún me hace percibir aquella calma tensa, mientras aprieto el escarabajo de plata que me diste y que siempre me acompaña.

Les comento, mientras caminan pisando y estrujando cristales, piedras y maderas, que ninguno de los que vivimos aquello hubiera imaginado aquel desenlace, pero a medida que pasaban los días y el sitio a la ciudad era más inminente nos dimos cuenta de que todo estaba perdido.

Unos instantes después, les pido que se pongan en círculo, que se agachen y se acurruquen juntos, pegados entre ellos, alrededor de los restos de una fogata, -ahora ya provocados por los okupas y mendigos que buscan cobijo, pues el espacio está lleno de restos de latas y basura-, y que piensen por un momento que son personas cualquiera, y que por culpa de la maldita guerra, se ven obligados a defender la ciudad. En voz baja, en un tímido murmuro, les digo que hagan como si quisiesen calentarse y comer alguna cosa, en una noche gélida y fría de invierno a más de 20º bajo cero, mientras afuera se oyen obuses y varios tiros de algún francotirador, que suenan a lo lejos. Todos ellos, en silencio, se percatan de lo que podrían ser aquellos momentos y a más de uno se le humedecen los ojos.

Así, estábamos, noche tras noche, mientras charlábamos o nuestro superior nos comentaba lo que haríamos al día siguiente; a la vez que intentábamos escuchar la radio o simplemente, darnos calor unos a los otros.

Continuo relatando que, en concreto, aquella sala, estaba diseñada para ser el comedor de lo que habría sido una residencia de ancianos que nunca se inauguró. Se dan cuenta del porqué de aquellos grandes ventanales, que dan al patio central y de aquellas molduras que aún restan en el techo, prisioneras también de un mundo anterior.

Mientras les mando a inspeccionar lo que queda de las diferentes habitaciones, mi mirada se va, como siempre, a aquel rincón. Nuestro rincón.

Y te miro de reojo cuando lloras cada noche, cuando nos tumbamos encima de los sacos, abrigados como podemos, esperando el siguiente ataque. Me dices que tienes una hija pequeña con los ojos azules; con tu entrecortada voz puedo sentir tu sufrimiento, yo también he dejado en mi casa a mis padres. Seguro que mi madre está como tú. Llorando y rezando. De golpe, las lágrimas te afloran de nuevo. Yo no puedo hacerlo, ni por ti, ni por tu hija, ni tan siquiera por mi madre. Soy un valiente. Soy un soldado, un defensor de mi tierra: Bosnia, libre, me repito en un sucesivo martilleo una y otra vez.

Siempre he sabido que si unía todo lo que había sucedido y sufrido en el pasado no igualaba lo que sufrí el día que supe que te habías suicidado.

De golpe, vuelvo a la realidad. Me fijo en el gran graffiti de la sala principal, Mask on face, que no estaba el año pasado. «Máscara en la cara. No vale ponerse una para no ver, ni para cubrirse y no pensar. Tampoco para ignorar o para negar lo sucedido», pienso.

Es cierto que el olvido podría allanar el camino. Escribir, recordar y no olvidar es el mío, —susurro en voz baja, mientras por la ventana veo alzar el vuelo a un blanco palomo.

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